Es, por lo menos curioso, que la palabra ladrón provenga del término que designa a aquel que debió evitar la fechoría. Ladrón es un vocablo que viene del latín latronis, que significaba “guardia” pero la costumbre de éstos de quedarse con lo ajeno, hizo que al evolucionar el idioma el significado se ajustara a la práctica. Ladrones hay muchos y en todas las áreas, tantos que hasta podemos evaluarlos creyendo que unos son más inocentes que otros, en algunos casos, considerarlos “pintorescos”. Pero lo cierto es que, robar es robar, aunque lo robado sea un libro o una obra de arte de pequeño porte y porque es tan variada el área de acción de un ladrón, lo restringiré a dos: los libros y el arte.
Lo que tiene que ver con libros girará en torno a un excepcional ensayo (cuyo nombre es bastante perturbador para nosotros los libreros) Roba este libro de Miguel Albero, publicado por Abada editores en 2017. Albero es un catedrático que tanto se ha dedicado a la docencia como a la escritura de novelas y ensayos, en éste en cuestión, con una increíble dosis de humor y erudición, el español nos adentra en el mundo del robo de libros. Una de las primeras apreciaciones que realiza es cómo en el imaginario general, un robo de este objeto, genera una romantización del delito y es uno de los pocos robos que posee “buena prensa”:
“nadie se jacta de haber robado en una joyería…y sin embargo son muchos los que alardean de haber robado libros…siempre, eso sí, para leerlos, porque uno piensa que ese pecadillo contiene un aura positiva, porque como el libro es un objeto cultural, si robo libros es porque soy persona culta y muy leída”
Cualquier librero de nuestra ciudad, de otro país o continente puede dar fe que en un 99% de los casos, los robos de libros son robos cuya intención es volver a comercializar. Ferias, librerías, particulares o plataformas digitales son escenarios donde ciertos libros pueden hacer un tour involuntario. Y tal como señala el autor, el libro no es el que sufre, no es el damnificado, sino que “el único que sufre es el propietario” (aunque bien conviene sumar a ese damnificado, a los estresados libreros que buscarán ese libro arriba, abajo, a lo largo y ancho del local, para finalmente darlo por “perdido”). Pero hasta en esta situación la opinión general se inclina por creer que el robo de un libro no es algo significativo Pues qué daño puede hacer a la economía de un negocio el robo de un librito.
Es aquí que la historia de un ladrón reconocido de Barcelona, llevado a juicio por una agobiada librera puede ilustrar algo sobre el tema. En el diario Cónica Global, Joan Colás cuenta la historia de Aby López, la propietaria de la librería La llama de Barcelona:
“Los hechos sucedieron en 2021. Un hombre con “aspecto de vendedor de seguros¨, en palabras de Abi, se pasó más de una hora dando tumbos por la librería. Intrigada por el señor, que seguía mirando libros, puso las cámaras de seguridad y vio que tocaba libros y luego no los dejaba donde estaban. Abi preguntó al señor dónde había dejado los libros, porque si no después le cuesta mucho ordenar la tienda de nuevo. Él negó que hiciera tal cosa, hasta que la librera le amenazó con poner las cámaras. El ladrón se sintió delatado y sacó dos libros que se había guardado y, tras pasárselos por el sobado, los plantó en el mostrador. Cuando Abi salió de él, ve que el señor tenía los pantalones cuadrados de tanto libro que llevaba”.[1]
Aby logró recuperar 11 libros insertados en los pantalones del ladrón, pero no pudo recuperar aquellos que llevaba en la mochila ya que se dio a la fuga, aun así, esos 11 libritos equivalían a 300 euros, una cifra nada despreciable para un negocio de escazas ganancias como una librería. Pero lo que más enojó a la librera, fue el hecho que, al trascender en la prensa, los periodistas hablaban de este ladrón como un romántico de la lectura, un encantador hombre amante de los libros, cuando lo único que se le podía llamar es: ladrón.
Albero también les dedica un capítulo a los ladrones célebres, entre ellos a escritores que hasta confesos ladrones de libros eran, entre ellos Roberto Bolaño, que sin problemas decía haber robado durante su adolescencia en México, o Julio Cortázar y hasta Alfonsina Storni, todos ellos bajo la excusa de ser ávidos lectores y estar cortos de dinero. Otro extremo son los integrantes de la generación beat, que además de robar libros ya también robaban otras cosas:
“robaban libros, pero también otras cosas; lo importante era salirse de la norma o establecer la suya propia, y aquí el roba ahora, paga nunca de Hoffman era la nueva regla, ésta si a cumplir. De entre ellos Burroughs incitaba al robo de libros, Kerouac robó unos cuantos en el camino, pero el que más se dedicó a ello, con la misma rapidez con la que vivió, fue Gregory Corso”
Paradójico es el hecho que, en Estados Unidos el mismo Keouac esté siempre en la lista de los autores más robados. Una lista de los “Best stolen” de ese país lo ubica junto a Charles Bukowski, Ernest Hemingway, Michel Foucault y Martin Amis entre otros grandes y a El gran Gatsby, como una de las obras más robadas. En el ensayo no hay este tipo de listas, pero si un capítulo dedicado a el robo de libros en la trama de los libros, así se describe el engañoso robo que sufre Don Quijote, o la trama de La historia interminable, que da comienzo con un robo del libro en cuestión. También están El nombre de la rosa de Eco y ese libro que lleva a la muerte a quien lo lee y cómo no, Bolaño en Los detectives salvajes que incluye en su trama aquello que él mismo hacía de adolescente.
Ladrón de libros convertido en autor, o ladrón de libros en absoluto anonimato es siempre eso, ladrón
(Segunda parte próximo mes con un «amante del arte» pero igualemente…ladrón)
Por Soledad Viera
[1] https://cronicaglobal.elespanol.com/historia/20250203/famoso-ladron-libros-barcelona-euros-escondidos-pantalon/920657958_0.html

