Larry Brown, el hombre que escribió sobre el fuego

«Al final aprendes a no dejar que te tiemblen las piernas cuando hundes el pie en el acelerador camino a lo desconocido».  Frase que sobre el final de sus memorias deja caer el escritor estadounidense Larry Brown. Y no se trata de una manida metáfora existencial, nada de eso. Esa es literalmente su experiencia al volante del camión de bomberos que condujo durante sus dieciséis años de servicio en la ciudad de Oxford, Mississippi. El retiro vino luego que Brown publicara su primera novela, Trabajo sucio, un libro que llamó la atención de la crítica muy pronto y comenzó a seducir lectores. Tenía entonces 38 años, estaba casado, era padre de tres hijos, vivía en una casa frente al bosque, fumaba mucho, le gustaba salir en su camioneta, con el ritmo de la música de Otis Redding, ZZ Top, o Leonard Cohen y varias cervezas en el asiento contiguo. Nunca pensó demasiado en que se volvería un escritor de culto, una especie de secreto a voces que fue propagándose peligrosamente y cuando llegó su muerte -temprana, por cierto-, en 2004 era casi una leyenda para otros escritores, tanto primerizos como consagrados. Había dejado dos libros de cuentos, cinco novelas, un libro de memorias que fue casi una novela y una obra de teatro. Sus personajes rotos, alcohólicos, pobres y siempre al borde de la desesperación caminaron y contaron su epopeya por cada una de esas páginas.

Larry Brown (1951-2004) había nacido y se había criado en las tierras del gran sureño William Faulkner, autor que idolatraba, aunque su estilo estuviera más cerca del seco y directo del inmenso y polémico Ernest Hemingway. En las memorias que escribe al poco tiempo de retirarse de la vida de bombero, Sobre el fuego -publicada por el sello español Dirty Works, al igual que buena parte de su obra- relata cómo le agradaba ir a la casa del maestro en la ciudad de Oxford y cómo el caserón continuaba conservando los aires del hombre que contó como nadie la decadencia del Sur norteamericano y dejó obras inmortales como El sonido y la furia, Absalón, Absalón, o Mientras agonizo. Brown recuerda también que en una ocasión le proporcionó lluvia artificial a un equipo de filmación que realizaba un documental sobre el Nobel de Literatura en 1949.

Larry Brown se puso una meta, en apariencia, más modesta que la de su maestro: contar la vida de los trabajadores que malviven de sus jornales, cazan en los bosques, toman cervezas en torno a una fogata, y sobrellevan lo que el destino les depara.

En buena medida esa fue también la vida de Brown. Como muchos de sus personajes cuando terminó la secundaria ingresó al cuerpo de Marines en vez de asistir a la Universidad. Al cabo de dos años de rigurosa vida militar volvió a sus pagos chicos y se las apañó como camionero, pintor de casas, albañil, entre otras formas de eso que llaman «ganarse la vida». Y por fin entró al cuerpo de bomberos donde, al decir del autor, encontró una segunda familia con la que convivió casi dos décadas.

Lo importante es que durante todo ese tiempo sintió crecer la llama de la literatura y, con el escaso tiempo que le quedaba libre, se encerraba en algún rincón a garabatear una hoja tras otra. Brown reconoce que cuando por fin aceptaron los cuentos que luego conformarían el libro Dar la cara había ensayado varios cientos de páginas de ficción malograda. Pero por fin, entre tantas alarmas y llamados a la acción para apagar incendios, rescatar personas, meterse en los peores agujeros y ver las peores escenas consiguió capturar la voz que llevaba años persiguiendo.

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Trabajo sucio cuenta la historia de dos hombres nacidos en Mississippi, uno blanco y otro negro, ambos veteranos de Vietnam postrados en sus camas con horrorosas heridas y amputaciones. Con pulso magistral la historia va y viene entre esas dos voces, con saltos a sus pasados y a las crudas escenas de la guerra mientras la verdadera peripecia de la novela se cuece en silencio a los ojos del lector, hasta el desenlace inolvidable. Al leerla es difícil no recordar aquella otra gran novela de Dalton Trumbo con la historia del exsoldado terriblemente amputado, Johnny tomó su fusil. Su novela Joe sigue los pasos del homónimo, Joe Ransom, y un adolescente, Gary Jones, nacido al borde del camino en una disfuncional familia errante. También en esta novela es difícil no recordar otra inmensa obra como Uvas de la ira, de Steinbeck. Un aire de familia, la misma vida de condenados, el mismo deambular, las vidas rotas de un hombre que se dedica a «matar» árboles y a apagar su incendio interior a golpe de bourbon, y la de un chico que trata de huir de la brutalidad de un padre alcohólico. Y en ese cruce de caminos está la redención de ambos, el punto donde el hombre roto y el chico condenado encontrarán su chance de ser algo bueno, algo mejor. Aquí es donde Brown alcanza un estilo más dotado de lirismo y que, definitivamente, lo coloca más próximo a la herencia de Faulkner que sus otras obras. Esta novela tuvo una versión cinematográfica en 2013 con Nicolas Cage en la piel curtida de Joe Ransom y Tye Sheridan en la del chico.

Padre e hijo, es una novela posterior donde Brown se adentra en la historia de un ex presidiario que vuelve a su pueblo en Mississippi luego de cumplir condena. Ambientada en 1968, época de por sí convulsa en el mundo, pero bajo la luz cruda de esos infiernos grandes de los pueblos chicos del sur. Un relato que lleva al lector también con una fuerza arrolladora, pese a su mayor extensión.

Otro autor notable de ese sur turbulento como lo es Ron Rash -muy recomendable su novela Un pie en el paraíso, un notable rural noir cargado de tensión- escribe sobre Brown en el prólogo de sus memorias: «En los asuntos del corazón, él (Brown) siempre nos conduce hasta el núcleo abrasador y nos trae de vuelta al mundo respirable, vivos y alterados para siempre».

En buena medida de eso se trata la literatura de Larry Brown, una obra que ha despertado tal devoción que un par de editores españoles con amplio conocimiento de la literatura estadounidense contemporánea le dedicaron un sello. Dirty Works viene descubriendo autores que, como es el caso de Brown, o bien han sido olvidados o están surgiendo en circuitos alejados de las grandes novedades literarias, pero de una enorme calidad literaria. La colección se inició con la primera obra de Brown, al que homenajea como una suerte de espíritu protector de esos escritores y escritoras nacidos en los márgenes del famoso y cuestionado american dream.

Por Renzo Rossello – Escritor y periodista

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