La convocatoria al Premio Gutemberg de narrativa joven, llamaba a la participación de menores de 30 años, invocando “el fin de impulsar el desarrollo de la creación literaria en Uruguay”. Dicho premio auspiciado por la Unión Europea, contó con tres ediciones, la primera de ellas en 2015, su ganadora Carolina Cynovich y la obra El síndrome de las ciudades hermosas que hoy es reeditada por la editorial Letras de Plata.
Es difícil referirse a la novela sin pensar en el cine, de muchas maneras la novela es cine y algo debe haber tenido que ver que su autora, al momento de escribirla, estudiara la licenciatura en comunicación y audiovisual. Los diálogos entre la literatura y el cine no son nuevos, vaya si el cine le debe gran parte de su existencia a la literatura, pero no solo en términos de adaptaciones sino en intercambios como los que plantea esta historia. ¿De qué va El síndrome de las ciudades hermosas? Si los argumentos pudieran reducirse a un par de palabras, en este caso sería: la búsqueda. La búsqueda del director neerlandés Adam Claasen de un ángulo, de un pasaje, de un encuadre, algo que lo lleve al encuentro con alguien que ha perdido. Pero, aun así, esta historia sería la que se desarrolla en segundo plano, porque en el primero está Julián Molina, este profesor devenido traductor que buscó en su conocimiento de varios idiomas, esa oportunidad de… ¿De qué? ¿Lo sabe?
No es difícil que la misma lectura de esta novela nos transporte a un par de películas que entrelazan el argumento del cine y la realidad. Casualidad o no, las historias que se me vienen a la mente son ambas de Woody Allen. La primera Medianoche en París (2011), la historia de ese guionista desilusionado con el estado actual de su vida, que paseando a la noche por las calles de la ciudad luz, en una esquina mágica se transporta al París de los años 20s. La segunda es La rosa púrpura del Cairo (1985) donde se da a la inversa y un personaje de una película logra atravesar la ficción y meterse en el mundo real, gracias al ferviente deseo de una mujer infeliz que quiere escapar de su realidad. En ambas hay algo de lo que se experimenta leyendo El síndrome… porque hay algo de ese guionista en Julián Molina, algo que le permite ver aquello que los demás no ven, en definitiva, encontrar lo que Claasen busca. Pero también hay mucho de ese deseo de escapar a una vida de conformidad, porque Molina se ha conformado con estudiar idiomas y esperar una oportunidad sin moverse de su zona de confort, de sus clases, del mismo bar con aires intelectuales.
Un personaje secundario de esta historia es la misma ciudad que se recrea, pero no es una real y posiblemente tangible como la Paris de Allen, esta ciudad es también una construcción en movimiento, otra suerte de búsqueda. En esa construcción el director anhela armar, como en la de Allen, esa esquina mágica que lo transporte más allá.
El logro de la joven autora radica, al igual que en una película, en la construcción de un escenario creíble, en forma y desempeño, al extremo de vernos inmersos en una producción cinematográfica y a la vez poder ver a través de los ojos de alguien que ve, aquello que es invisible a la mayoría. Una película muestra con la imagen, una novela desde los diálogos y si en un momento estamos en medio de una escenografía en obra y en el otro en un tren en movimiento atravesando el plano, es porque las palabras están bien elegidas, al igual que lo hace un buen guion.
Síndrome Stendhal le dicen a esa sensación de estar frente a una ciudad de belleza extrema y sobrecogedora, le llaman una enfermedad psicosomática, cuyos síntomas son las palpitaciones y un exceso de felicidad. No suena mal exceso de felicidad, quizás esta novela sea un buen lugar donde comenzar.
Por Soledad Viera


