De plantas, selvas y paraísos

“Al final del camino de piedras, justo antes del precipicio, el jardín desborda como una ola inesperada” (Cristian Alarcón)

“En el apartamento había tantas plantas que le decíamos la selva” (Pilar Quintana)

En 2021, la colombiana Pilar Quintana recibió el Premio Alfaguara de novela por Los abismos y un año más tarde, el chileno radicado en Argentina, Cristian Alarcón fue el galardonado por El tercer paraíso. Son dos novelas muy distintas desde el punto de vista formal, aunque con grandes puntos de encuentro en lo temático, pues ambas son voces que proyectan diferentes problemáticas que han sufrido las mujeres a lo largo del tiempo. La angustia de un futuro truncado por los designios paternos, la resignación, la depresión como consecuencia y la visión de un futuro que nunca podrá ser. Las dos historias también poseen la mirada desde los recuerdos de infancia, Claudia en Los abismos y el autor/niño en la del chileno. Y ambas están curiosamente “vigiladas” por la presencia silenciosa pero poderosa de, plantas.

Las dos citas con la que empiezo este artículo, corresponden a las frases iniciales de cada obra y no es meramente decorativa la alusión a la exuberancia de las plantas, pues ambas narrativas estarán siempre bajo la constante mirada de estos espacios verdes, internos y externos.

El primer intento de respuesta al por qué de la coincidencia puede estar en el lugar de origen de ambos autores, América Latina no es ajena a esa identificación de selva tropical, cañaverales, frutos exóticos y un sinfín de abundancias botánicas. Alejo Carpentier, Mario Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Horacio Quiroga y tantos otros han situado o referido en su imaginario a la selva, las plantas o la riqueza mágica de la flora americana. Así que la respuesta al por qué, no está lejos de lo plausible, teniendo en cuenta el origen de ambos escritores. Pero también podemos ver a la selva, las plantas y los jardines como un espacio de refugio y contención.

Claudia, en Los abismos, la niña que cuenta la historia de su madre, sumida en un matrimonio que nunca quiso y con una vida de silenciosa resignación, es la dueña de esa frondosa vegetación alrededor de la cual se mueve la vida en el apartamento familiar. Una joven que nunca había hecho crecer nada, de repente comenzó con una plantita, hasta que “de a poco, el apartamento se fue llenando de plantas hasta convertirse en la selva”

Ese espacio es para la madre de Claudia una suerte de armadura contra las desdichas de su existencia, algo que era posible cambiar, trasplantar, hacer crecer y cuidar con verdadero deseo. Y también el espacio que primero abandonaba cuando el mundo era demasiado, cuando las persianas de su cuarto permanecían bajas y las píldoras y la caja de klinex eran su única compañía.

En El tercer paraíso las plantas forman un jardín, el jardín que el protagonista decide construir en su retiro de la gran ciudad en el tiempo de pandemia. Aquí el jardín, ese paraíso del título es una barrera de protección contra la maldad exterior. Es también la conexión con su infancia y la identificación de aquellos familiares cercanos y que ya no están: “Cuando murió mi abuela Alba llevaba crisantemos en las manos. Cuando murió mi abuelo Elías arrojé un ramo de junquillos…”

A lo largo de los capítulos, Alarcón mezcla sus vivencias infantiles, recordando a las mujeres que lo criaron, junto con su presente tomando cursos on-line, para armar su nuevo paraíso. Finalmente hilvanándolo con el nacimiento de una nomenclatura botánica y por ende otra forma de conquista del nuevo mundo.

En este libro se nombran a muchos teóricos de los jardines, pero es el contemporáneo Gilles Clément el que sobresale más que todos. Este paisajista y arquitecto francés, autor de varios libros que teorizan sobre los jardines del pasado y presente, es el autor de Una breve historia del jardín (Gustavo Gili, 2021), donde explica el inicio de los jardines, unidos al concepto de “protección”, protección de aquello que nos es preciado. “El primer jardín es un cercado. Conviene proteger el bien preciado del jardín…todo aquello que, a lo largo del tiempo, se presentará como lo “mejor” … (ese “mejor”) no dejará de evolucionar, pero el principio del jardín permanecerá constante: acercarse lo más posible al paraíso”

En medio de una narrativa de opresión e insatisfacción, los jardines ofrecen una oportunidad para moldear a gusto un espacio y escapar de una realidad que poca opción da al cambio. En este sentido, en el libro Jardinosofía –Una historia filosófica de los jardines (Turner, 2021), el filósofo español Santiago Burete explora en profundidad los sentidos de los jardines más allá de la mera decoración, y aquí encontramos una cita que bien puede responder a nuestra premisa inicial. Marc Treib (arquitecto) explica: “…valoramos el jardín justamente porque nos permite ejercer el control sobre un trozo de tierra, darle forma, criarlo, nutrirlo e, incluso, castigarlo de acuerdo a nuestros sentimientos, ideas y caprichos. Control implica también poder.”

No siempre una planta es una nota de color en una frase, no siempre una selva es un territorio donde solo situar una acción, no siempre un paraíso es el fin de un recorrido. A veces un paraíso es lo más terrenal, una selva un espacio diminuto hecho con las propias manos y una planta el mundo entero para poder sobrevivir

Soledad Viera

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