Cuatro novelas claves de Graciliano Ramos reunidas en una estupenda antología de Banda Oriental

Banda Oriental acaba de editar una antología con cuatro novelas (São Bernardo, Angustia, Vidas secas e Infancia) claves de uno de los más importantes escritores brasileños del siglo XX…

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Graciliano Ramos:

El nacimiento de Graciliano Ramos, el primogénito, en Quebrângulo (Alagoas) en 1892 fue la primera de las quince alegrías natalicias que tuvieron sus padres. Su infancia transcurrió en varias localidades del estado de Pernambuco. En 1914 decidió trasladarse a Río de Janeiro, con solamente sus estudios escolares y las lecturas autodidactas de algunas obras literarias como bagaje intelectual, pues nunca llegó a inscribirse en la universidad. No obstante, comenzó a ganarse la vida como corrector de estilo en los periódicos “O Correio da Manhã” y “A Tarde”. Sin embargo, la peste bubónica que asoló la desértica región de Palmeira dos Indios, último afincamiento familiar, que segó la vida de tres hermanos suyos, lo devolvió allí para ayudar en la tienda paterna. Sus inquietudes lo llevaron hacia el periodismo y la política, actividad en la que, como en Literatura, acabó descollando. A partir de 1925 se volcó en escribir novelas, y nació la primera de ellas: Caetés. Entre 1930 y 1936 vivió en Maceió, donde dirigió la Imprenta y la Instrucción del Estado; de esta época parte su amistad con el grupo de escritores del nordeste del país: José Lins do Rego, Raquel de Queiroz, Jorge Amado y Waldemar Cavalcanti. Publicó São Bernardo (1934) y Angustia (1936) antes de ser encarcelado por causas políticas no muy bien determinadas. En Memórias do Cárcere dejará constancia del año de prisión al que se le sometió. Tras el desgraciado episodio, continuó en la brecha literaria, y de hecho llegó a consagrarse como uno de los mejores novelistas brasileños. En 1945 optó por afiliarse al Partido Comunista. En 1951, antes de emprender un viaje a la Unión Soviética de su ideología, fue elegido presidente de la Asociación Brasileña de Escritores. Murió al poco tiempo de regresar, en Río de Janeiro en 1953.

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Leer a Graciliano Ramos no es fácil en absoluto. Este autor no deja respiro y se penetra entonces en un laberinto pesadillesco donde no hay oasis posible sino estados de dolor y desgarramiento, de tensiones y frustraciones, y de una lucha despiadada de sus personajes por subsistir en ese medio salvaje que es el nordeste brasileño, tierra donde el autor nació y de la que jamás se alejó. Por ello, hay una simbiosis entre esa tierra trágica, de desiertos y de hambre, de rebelión épica y sangrienta, y la obra del autor: «Había venido al mundo para domar fieras, curar heridas con oraciones, arreglar vallas en invierno y en verano. Era el destino. El padre había vivido así, el abuelo también. Y más atrás ya no había familia. Cortar cactus, untar con sebo los látigos, aquello estaba en su sangre».

El nordeste era (y en algunos aspectos sigue siéndolo) una región de economía obsoleta, basada en la caña de azúcar, en el decadente mundo feudal de los herederos de grandes propiedades de esclavos y en la sociedad marginal de los «retirantes», aquellos emigrantes internos que huían (y huyen) de sus áridas tierras para tentar mejor suerte en las ciudades. Mundos difíciles para subsistir.

Sin embargo, Graciliano Ramos jamás se quiso alejar de sus pagos. Y fue tan marginal en su puesto de empleado público de un misérrimo distrito del nordeste, como el nordeste mismo es marginal dentro del Brasil moderno.

El autor (pocos entendían cómo logró convertirse en el mejor escritor del regionalismo en un pueblo perdido en el subdesarrollo en la década del 30) fue un introvertido, un tímido hasta extremo del silencio total. Ramos manifestó esta reticencia hasta en la demora en publicar su primer libro. Tenía 41 años cuando apareció en 1933 Caetés . Era un hombre silencioso y su obra también es silenciosa, de esas que hay que leer y releer para que se revele enteramente. Pertenece a lo que dio en llamarse el segundo momento modernista, la generación del 30, una generación a la que Alfredo Bosi definió » más moderna que modernista «, ya que de la obra de estos autores salió una nueva visión del Brasil. Una visión que respondía a los postulados de los ensayos de Gilberto Freyre y Sergio Buarque de Hollanda (Casa Grande e Senzala y Raíces), en esa imperiosa necesidad que sintieron por definir y denunciar la realidad brasileña de ese momento. Recordemos, por ejemplo, que es la generación de Drummond de Andrade, con esa poética que refleja con tanta precisión la miseria cotidiana, la fracción del individuo contemporáneo en las grandes ciudades. Para los novelistas que nacieron en este momento, la tónica de sus obras fue el compromiso y a ellos se ajusta una frase de Camus: «La novela es en primer lugar un ejercicio de la inteligencia al servicio de una sensibilidad nostálgica o sublevada».

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LAS NOVELAS:

S ã o Bernardo:

La obra narra en primera persona la historia de Paulo Honorio, un cacique local que a través de una denodada lucha personal y por medios no siempre legítimos, se apodera de la hacienda cuyo nombre da título al libro. Un personaje de una personalidad enérgica y dominadora que avasalla a todo y a todos con su voluntad omnipotente. Procedente de una dura y miserable infancia que le negó todo, Paulo Honorio asciende, a través de una titánica lucha, aplastando y anulando toldo lo que se le pusiera en el camino, hasta la esplendida condición de el señor del mundo: la hacienda de San Berbardo con sus tierra, animales y hombres.

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Angustia:

En una ciudad del noreste brasileño, un burócrata sin futuro se enamora de una joven muy hermosa. Frívola, ella no tarda en rechazarlo para lanzarse a los brazos de un tipo arrogante y, por supuesto, con dinero. La trama austera de Angustia da lugar al despliegue de ese estado de convulsión adelantado en el título del libro. El valor de Angustia, considerada una obra maestra de la literatura brasileña, se halla en la capacidad de su autor para convertir a su protagonista (un pobre diablo) en un personaje universal, un paradigma de las aspiraciones frustradas.

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Vidas secas:

Vidas Secas aborda la problemática de la sequía del nordeste y de la opresión social. La narración se compone de trece capítulos que llevan al lector a acompañar el paso de los retirantes (los que huyen de la sequía) por un un recorrido incierto. El romance gira en torno de una pareja, Fabiano y Sinhá Vitória, dos hijos identificados como niño más joven y niño mayor, y la perra Baleia. Los delgados retirantes se presentan, cada cual a su turno, lo que muestra la individualidad de cada uno y el aislamiento familiar, generado por la condición deshumana a la que están expuestos. En secuencias yuxtapuestas, constituyen episodios autonomos entre sí, pudiendo ser leídos en cualquier orden. Fue clasificado como romance desmontable, debido a que sus capítulos fueron publicados inicialmente como cuentos aislados, en diarios y revistas. El comienzo y el fin de la obra son similares, pues inicia con una fuga y acaba con otra, como ciclo perpetuo de sequía y agua, obedeciendo al orden: retirada – hacienda – retirada. Es en este círculo que se trasponen problemas geograficos y sociales de una forma tal que parecen ser fatalidades sin salida, como la miseria en todos sus sentidos: fisico, espiritual, social y cultural. La precariedad geográfica es la que provocará el drama de la narración, el nomadismo de la familia, provocado por la sequía, la tortura causada por el miedo al futuro, la impotencia del hombre frente al paisaje desafiante que le reduce las aspiraciones y la posibilidad de sobrevivencia. De esa manera, la naturaleza seca contribuye a la gravedad de la situación de los personajes.

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Infancia:

La narración de estas memorias que narra una niñez en el cruel nordeste de Brasil de infancia es simplemente atroz. Graciliano nace en el seno de una familia de sórdidos sertanejos, abrumada por la escasez económica, el pasado terrateniente y coronelista, sumada la sequía que termina de esterilizar todo rastro de vida a su alrededor. Humillado por el abuso de la autoridad paterna y el odio de una madre abrumada por la maternidad, el niño Graciliano recrea la violencia física y emocional de su mundo íntimo y social. El miedo, incluso el terror, es su experiencia más constante, el lugar donde se esconderá de las palizas de su padre para observar a los hombres y mujeres que lo rodean. Cada capítulo de Infancia podría funcionar como un cuento independiente que al unirse al que le sigue abre y cierra la lectura, como si se estuviera pasando por habitaciones contiguas. Así se van encadenado las visiones del narrador sobre el poder, centrada principalmente en la figura del padre y de los maestros; la religión y el infierno, traducida de manera magistral en el pasaje a “Un Incendio”. En este capítulo, el narrador llega a un caserío de gente pobre que está siendo devorado por el fuego, luego de haberse ligado una paliza por descreer del infierno tan temido por su madre. Se queda aterrado frente al cadáver achicharrado de una niña “moleque” que muere tratando de salvar del incendio su imagen de la virgen de Nossa Senhora.

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